001. A modo de presentación

Para los que no me conocéis aún, mi nombre es Jordi Clotas i Perpinyà. Nací el 17 de Mayo de 1967 en Barcelona y vivo actualmente en El Papiol.

 

Curso primer año de Naturopatía y de Acupuntura.

 

Mi interés por las disciplinas relacionadas con la salud nace a raíz del diagnóstico, en Abril de 1992, de una enfermedad crónica autoinmune llamada Espondilitis Anquilosante.

 

Me licencié en la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación (Universitat Central de Barcelona) en 1991 y obtuve el Curso de Actitud Pedagógica en el Instituto de Secundaria Emperador Carlos de Sants en la asignatura de Filosofía de 3º de BUP y COU. Antes fui profesor de Literatura, Lengua Castellana, Inglés y Francés en el Colegio de Educación General Básica Santa Eulàlia de Cornellá de Llobregat.

 

Trabajé durante el Curso 1985-1986 en el Colegio Niño Dios, cercano a nuestras actuales instalaciones de Cenac, en Educación Especial para disminuidos psíquicos.

 

En la Universidad me especialicé en asignaturas relacionadas con las Filosofías Clásicas Griega y Latina.

 

Mi carrera profesional en una multinacional de la Alimentación y el Cuidado Personal como responsable de logística y transporte internacional me ha facilitado la práctica de algunos idiomas modernos. He simultaneado esta actividad con la creación de centros como Cercle Holístic Català, espacio en el que he desarrollado entre 2003 y 2005 labores pedagógicas relacionadas con las Psicologías Existenciales y la Narratividad como fórmula de filosofía vitalista en la construcción de identidad y sentido. Asimismo, he impartido cursos de Religión Comparada.

 

Respecto a la actividad terapéutica, me diplomé en Quiromasaje en la Escuela Sagrera Ferrándiz de Barcelona y trabajo con pacientes con retrasos psicomotrices y en el aprendizaje a través del PAI (Programa de Activación de la Inteligencia). Asimismo, trabajo en la reinserción y capacitación profesional de adolescentes con problemas de adaptación social utilizando el Cine como herramienta de reflexión., diálogo y debate sobre la acción en el mundo, la responsabilidad, la elección y la decisión Todo ello está siendo reflejado en una obra titulada Psicohología: Pensar una cineterapia, de la que encontraréis algunas muestras en http://jordiclotas.blogdiario.com.

 

En el siguiente escrito os detallo los objetivos de PALENA2007, Proyecto de Apoyo Lingüístico al Estudiante de Naturopatía y Acupuntura 2007. En él se describen las bases de su diseño curricular y algunas recomendaciones para el seguimiento de este proyecto que CENAC ha tenido a bien incorporar como valor añadido y sin coste para el alumnado para una mejora en su formación en el tramo final de este curso 2006-2007. Sólo me queda invitaros a participar en él y a aportar las sugerencias de mejora que creáis oportunas.

 

Por último, agradecer a CENAC la aportación de medios para arrancar este proyecto.       

002. ¿Qué es el PALENA2007?

PALENA 2007 es un Proyecto de Apoyo Lingüístico a Estudiantes de Naturopatía y Acupuntura que cursan estudios en CENAC. 

 

Responde a una pléyade de necesidades dispersas en diversas disciplinas que tienen que ver con el cómo de la construcción de un concepto y con la biografía de las palabras que utilizamos en las disciplinas de la salud, así como con la trayectoria cultural que han seguido hasta aglutinar su actual variedad de significados, su polisemia.

 

El enfoque por fuerza tiene que ser multidisciplinar, así que a lo que se invita es a un viaje a través del Lenguaje cuyas estaciones de paso casi obligado son, entre otras, las Filosofías de la Naturaleza, la Ciencia y el Lenguaje; la Antropología de la Salud; la Lingüística Comparada y, especialmente, la Etimología.

 

Muchos de los estudiantes que cursan los estudios de Naturopatía y Acupuntura, a pesar de su formación técnica y en algunos casos universitaria, han sufrido las consecuencias de una pedagogía basada en un aprendizaje memorístico. No se les ha facilitado una base -erróneamente reservada a un virtual coto privado de las carreras de corte humanístico- para la comprensión del origen de las palabras que constituyen el universo léxico propio de sus especialidades. No es de extrañar que muchos de esos conceptos, a fuerza de desuso, acaben desapareciendo del discurso especializado al que un día se incorporaron. Lógicamente, este problema se agrava cuando los estudiantes proceden de países con importantes diferencias idiomáticas.

 

Si bien el proyecto inicial se orientaba a los alumnos en esta última situación, con dificultades de comprensión del idioma, el carácter dinámico e interactivo que orienta este proyecto se ha ido adaptando al perfil de los asistentes a la primera clase de hoy en la que se han expuesto estas carencias de aprendizaje comprensivo al que me refería en el párrafo anterior. A ello se añade la siempre problemática Ortografía, de la que esta misma semana se hacía eco en portada un periódico de tirada nacional como La Vanguardia al referirse a las pifias en los carteles publicitarios. Me atrevo a afirmar que un conocimiento del origen estimológico de algunas de las palabras escritas erróneamente de forma habitual evitaría parte del problema. ¿Armonía se escribe con "H" o sin ella? (Difícil cuestión en la era del SMS). Depende. El origen etimológico de la palabra (del Griego, con espíritu abierto en la alpha que inaugura la palabra) no invita al uso de la "H" y Castellano e Italiano prescinden de ella, pero no el Catalán o el Inglés, que parecen importar la grafía del Latín. Para más complejidad, convivimos en una sociedad, la barcelonesa, de marcada tradición bilingüe. Eso nos llevaría a otro subproyecto dentro del PALENA. ¿Cómo podemos ayudar a los estudiantes de otras autonomías a aprender la lengua catalana, condición sine qua non y a menudo excluyente para quienes buscan un empleo con el que sufragar los gastos de estudios y su manutención en nuestra ciudad? Realmente, hay mucho trabajo por hacer. La presencia de una sociedad cada vez más pluricultural requiere la creación de herramientas que adapten esa nueva realidad a las exigencias del entorno laboral que las acoge. No hacerlo es un riesgo, aparte de una irresponsabilidad socio-económica y cultural, por no adentrarnos en las implicaciones políticas que sustentan ese statu quo. Estudiantes comunitarios, extracomunitarios, hispanoamericanos, subsaharianos... ¿Quién les tiende el puente para una fácil adaptación y asimilación de conocimientos en la lengua con la que se les transmite nuestra docencia?

 

Por último, un sondeo rápido entre el alumnado de los cursos más avanzados bastará para darnos cuenta de que se necesita algún apoyo adicional para explicar cosas tan esenciales como la manera de construir una monografía, buscar bibliografía especializada, navegar por Internet, hacer citas a pie de página o emplear programas adecuados para hacer presentaciones atractivas de proyectos y nuevas ideas.

 

Todo este universo de tensiones dispersas alimentan la necesidad de algo a la vez tan sencillo y complejo como un Proyecto de Apoyo (no sólo) Lingüístico al Estudiante de Naturopatía y Acupuntura. PALENA2007 recoge esa suma de pequeños retos para facilitar las labores de redacción (estilo, puntuación, gramática), empleo del léxico adecuado (etimología, el uso del diccionario, búsqueda de herramientas eficaces de traducción -como sugería una estudiante de origen alemán minutos antes de empezar la clase- especializadas en medicina), uso de programas informáticos con valor añadido (desde Power Point hasta las fórmulas de un Excel), situación legal española para la constitución de pequeñas empresas en las que poder aplicar los estudios cursados (requisitos para montar un pequeño o mediano negocio de dietética y terapias naturales), el después-de los estudios cursados y algunas salidas profesionales realistas (verdaderas inquietudes a medida que se acerca el final del ciclo).

 

Todas estas cuestiones pueden (deben) irse abordando sin perder de vista el objetivo principal de este proyecto: la obtención de herramientas eficaces para una mayor asimilación y comprensión de las materias que configuran los estudios de Naturopatía y Acupuntura. Las solicitudes de información serán atendidas en esta misma web (configurada para recibir correspondencia en forma de Comentarios) o en la dirección de e-mail palena2007@hotmail.com.

 

El siguiente escrito se dedica al resumen de lo comentado en la primera clase del día 18 de Abril de 2007.

 

Jordi Clotas i Perpinyà     

 

 

Anexo 001: Invitación al debate

Nota preliminar: Este texto fue redactado con anterioridad a la propuesta del PALENA 2007, entre el 13 y el 20 de Febrero de este año. En él se incluye material de opinión de carácter absolutamente personal sobre el clima generado por la redacción del polémico Decreto 31/2007 sobre la regulación del Ejercicio de las Terapias Alternativas en Catalunya. Además de una visión siempre susceptible de generar un debate que entiendo como saludable, contiene materiales acerca del modo en que, en sus orígenes, Filosofía y Medicina se ayudan mutuamente a la construcción de un lenguaje propio que inaugura parte de lo que será el universo léxico de la Medicina durante muchos siglos y, en algunos aspectos, hasta la actualidad.

 

Entre Hipócrates y el 31/2007

Mitología y Bestiario del Panorama Médico Actual

 

 

Días Extraños

 

 

Medicina alternativa (Medicina complementaria, Medicina periférica): Distintas formas de curación incluyendo la homeopatía, remedios de herbolario, hipnosis y fe en la curación, las cuales no están admitidas por la profesión médica como parte de los tratamientos ortodoxos, especialmente cuando son ofrecidas por médicos no registrados. Muchos de los tratamientos no tienen un beneficio demostrado, pero se intentan para solucionar problemas crónicos o incurables cuando los tratamientos ortodoxos han fallado. Muchas terapias alternativas no son tenidas en cuenta por la profesión médica, pero la acupuntura y la osteopatía están actualmente siendo aceptadas por ser de valor en algunos casos. El permiso para la práctica de estas actividades está muy discutido, pero debe estar regulado por el principio primordial que sólo permite realizarlo a quien está capacitado para ello, y que, por tanto, puede estar regulado en alguna actividad, lo que a menudo no está aceptado por aquellos que practican la Medicina alternativa. V. también quiropraxia, holístico y naturopatía[i]

 

 

 

Corren extraños tiempos –y malos, nos atreveríamos a diagnosticar- para la Medicina como disciplina científica. Revistas que se presentan como especializadas en salud; libros con dietas milagrosas convertidos en Best-Sellers (los Montignac, Kousmine, Atkins, Sears, etc); debates entre enfermos y médicos, entre médicos y paramédicos; reality shows con el drama humano de la enfermedad como carnaza para alcanzar buenos registros de share; programas televisivos y radiofónicos con trágicos relatos y alentadoras promesas para enfermos preseleccionados en previos castings; maratones sobre enfermedades más o menos de moda y especialmente mediáticas; conciertos de solidaridad donde los ídolos del Rock –no siempre ejemplos de buena profilaxis- incitan a vencer tal o cual dolencia en países subdesarrollados y muy lejanos emocional y geográficamente; filmes de denuncia (los documentales y pseudo-documentales Supersize me[ii], Philadelphia[iii], Lorenzo’s Oil[iv], El Jardinero fiel[v], En el filo de la duda[vi]…); series de ficción cuya trama se centra en la tensión entre médicos y pacientes en escenarios hospitalarios (desde Urgencias a House, pasando por las Doctoras de Philadelphia, Anatomía de Grey, Hospital Central o MIR) o que utilizan a peritos médicos para descubrir la verdad y devolver la justicia a un mundo caótico y delictivo (los CSI de Miami, Las Vegas y Nueva York)… Apabullante, sin duda, la incorporación de la Medicina a la sociedad de la información en estos días, como apuntábamos, extraños y extrañados.

 

Todo este bombardeo desde los mass media no es sino uno de tantos ingredientes que invitan a la reflexión y arrojan, al menos, una conclusión difícilmente refutable: el conocimiento médico se ha democratizado (el démos, el pueblo, ha pedido una participación en este poder –la –cracia- de decidir sobre la salud, la propia y la ajena). Y es que la salud es cosa de todos. No lo olvidemos ni alópatas y naturópatas, porque todos hemos sido o seremos enfermos algún día, y quizá por ello todo el mundo tiene derecho –y obligación- a saber cómo velar por ella. Reflexionando sobre obras con la del Dr. Rafael Álvarez Cáceres[vii] concluyo que cualquier obra médico-científica que se esfuerce en coartar ese derecho a la decisión personal sobre la propia salud, por bien documentada que esté y bienintencionada que se pretenda, jamás se asomará a las listas de Best-Sellers. Demasiado tarde, probablemente, para este tipo de discurso, de planteamiento positivista, analítico y científico en sentido fuerte del término. El éxito de la literatura sobre lo que es Verdad mayusculada -y lo que no- murió hace al menos un par de décadas, probablemente con el fenómeno editorial de la Posmodernidad, y quizá ya antes, con las promesas -algunas incumplidas pero muchas de ellas verdaderas visiones proféticas- de la New Age. Hoy prima el discurso poético y cotiza alto lo intuitivo, quizá porque el fenómeno de la globalización ha alcanzado también al pensamiento riguroso y se emborronan las fronteras entre disciplinas hacia una multiculturalidad interdisciplinar más agradable al gusto y, por ello, bastante menos nutritiva de la razón. Hoy, el hábito de la lectura ha sufrido el mismo fenómeno que la gastronomía: poca cantidad, explosión de sensaciones, mezclas exóticas y mucho aderezo escénico, todo ello con grandes dosis de marketing, consumismo y clasismo muy dado a la exhibición de las astronómicas cifras que pagamos por lo que consumimos.

 

Se acabaron los discursos agrios, las austeras argumentaciones lógicas y la ruda exigencia de metodología. Nos vence, por el contrario, una no siempre bien entendida amplitud de miras, integradora, holística –el adjetivo de moda de tantas propuestas supuestamente terapéuticas que apenas conocen lo que en su origen representó el Holismo[viii] como postura filosófica-, sanadora, cósmica y celestial, sin olvidar el maquillaje espiritual que adorna, en una obsesión que a menudo roza lo kitsch, una forma de interpersonalidad fashion, prêt à porter, casual y grunge de visa platino. Ocurría ya en los ’60 con las estéticas de ruptura de la Beat Generation (Kerouac, Ginsberg…), pero llegaría a su cima en los ’80 con obras como La Conspiración de Acuario[ix] de Marilyn Ferguson, en la que ya se conjeturaba acerca de lo que ha venido ocurriendo en muchos segmentos sociales y culturales, entre ellos la Medicina. Olvidaron los médicos, durante esas dos décadas (las del Mayo del ’68 francés, el Flower Power y la occidentalización de la Mística Occidental), preguntar al paciente lo que esperaba de ellos. Probablemente por un afán de especialización y estrechez de miras –de la consulta al laboratorio sin pisar las calles-, se pasaron por alto algunas exigencias de un usuario mucho más in-formado (no sólo en la acepción usual de la palabra, sino en su más puro significado etimológico) que empezaba a paladear las posibilidades de una atención médica de orientación humanística y que apostaba por una relectura orientalizada y mistificada de la Medicina en sus orígenes occidentales. Y la Medicina será esotérica o no será.

 

Hipócrates, Platón y la encyclios paideía

 

Esa revolución holística, admitida ya en el léxico médico alópata[x] aunque con una significación minimizada y mutilada, recuperará al Hipócrates más naturopático y lo incorporará como referente de peso con buena carta de presentación y denominación de origen en nuestro universo cultural. Hipócrates simbolizará aquel tiempo en que la Medicina era arte y cultura, espíritu que se vierte en los textos cuando el de Cos escribe, con la colaboración de los colegas de su tiempo, el Corpus. Ocurría esto en la Antigua Grecia cuando la Medicina dejó de ser profesión y se integró a la Cultura General, a esa encyclios paideía que quizá nunca debió abandonar. Explica Werner Jaeger[xi]

 

A partir de entonces[xii] la Medicina va convirtiéndose más y más, aunque no sin disputa, en parte integrante de la cultura general. En la cultura moderna no llegará a recobrar nunca este lugar. La Medicina de nuestros días, fruto del renacimiento de la literatura médica de la Antigüedad clásica en la época del Humanismo, a pesar de hallarse tan desarrollada, es, por su especialización rigurosamente profesional, algo por completo distinto de la ciencia médica antigua.

    

Por tanto, el fenómeno de transformación de la Medicina que venimos describiendo no es nuevo cualitativamente. Ya hubo un tiempo en el que la formación del cuerpo no estaba separada de la formación del espíritu. Mientras Europa y América despertaban a nuevas formas de entender la salud desde finales del XIX (vd, a tal efecto, la entretenida y mordaz película de Parker El Balneario de Battle Creek[xiii]) y vivían las turbulencias de los cambios más revolucionarios, la Medicina en España se vivía desde una distinta visión de formación del espíritu: la de la Formación del Espíritu Nacional, poco dada a disensiones. Y algunas posturas de la Medicina oficial no parecen haber cambiado -sí quizá en los formalismos y cierto esfuerzo de cortesía, pero no materialmente- desde aquellos días oscuros. Cierto es que la Medicina, ya en la cultura griega, hizo un ejercicio de autoafirmación y quiso producir bien pronto una literatura propia, pero decidió escribirla en prosa jónica, como los primeros filósofos de la Naturaleza, alineándose con un entorno cultural no aislado. Se pretendía con ello alistarse en las filas de una cultura amplia que explicara la phúsis (la naturaleza) humana desde una perspectiva integradora. La Medicina era un arte al servicio de la naturaleza del universo (phúsis tou pantós), pero, por encima de todo y primordialmente, al servicio de la naturaleza del hombre (phúsis tou anthropou). Por aquel tiempo, la enfermedad no era un problema específico del cuerpo, sino una relación de crisis de ese cuerpo con la Naturaleza por ignorancia de sus leyes. Para sanar cabía, por tanto, superar la crisis y recordar qué leyes se habían incumplido y cómo todo ello había concluido, como etiopatogenia, en un proceso morboso. Esa recuperación de la conciencia de la necesidad de retorno al orden natural sólo se conseguía con una pedagogía de formación permanente en salud y en esas leyes naturales. Cuando los médicos pasaron entender su actividad como una producción industrial de eliminación de síntomas arrancó, desde nuestro punto de vista, el principio del fracaso de la Medicina convencional. Ese taylorismo de la desatención consumó probablemente la pérdida de respeto hacia la profesión y un olvido de la indagación en las causas. Dejemos hablar, un poco extensamente, a Dethlefsen y Dahlke al respecto:

 

Vamos a poner un ejemplo: un automóvil lleva varios indicadores luminosos que sólo se encienden cuando existe una grave anomalía en el funcionamiento del vehículo. Si, durante el viaje, se enciende uno de los indicadores, ello nos contraría. Nos sentimos obligados por la señal a interrumpir el viaje. Por más que nos moleste parar, comprendemos que sería una estupidez enfadarse con la lucecita; al fin y al cabo nos está avisando de una perturbación que nosotros no podríamos descubrir con tanta rapidez, ya que se encuentra en una zona que nos es “inaccesible”. Por lo tanto, nosotros interpretamos el aviso de la lucecita como recomendación de que llamemos a un mecánico que arregle lo que haya que arreglar para que la lucecita se apague y nosotros podamos seguir viaje. Pero nos indignaríamos, y con razón, si, para conseguir este objetivo, el mecánico se limitara a quitar la lámpara. Desde luego, el indicador ya no estaría encendido –y eso es lo que nosotros queríamos-, pero el procedimiento empleado para conseguirlo sería muy simplista. Lo procedente es eliminar la causa de que se encienda la señal, no quitar la bombilla. Pero para ello habrá que apartar la mirada de la señal y dirigirla a zonas más profundas, a fin de averiguar qué es lo que no funciona. La señal sólo quería avisarnos y hacer que nos preguntáramos qué ocurría.[xiv]

 

¿Qué ocurre cuando la Medicina alópata se enfrenta a enfermedades catalogadas como incurables? ¿Qué son las “enfermedades raras”? ¿Qué médico del sistema sanitario público, incluso privado, se pregunta por las constantes recaídas, los síntomas permanentes o las patologías recidivantes? ¿Dónde está el trabajo preventivo, pedagógico o, por ser menos exigentes, la pregunta por la causa de una inmunodepresión evidente? La Medicina, toda ella, debería tal vez plantearse un cambio de perspectiva, saber detectar cuándo la terapia camina y cuándo circula sobre sus mismos y fracasados esfuerzos mecánicos, sobre una tradición cargada de inercias y actuaciones consuetudinarias. Prima la enfermedad de la prisa y los criterios de productividad. A nadie se le ocurre pensar en psicopatogenias latentes, en el mal reputado universo de los síntomas psicosomáticos que acaban alterando el organismo hasta la fisiopatología misma. Mucho se ha escrito sobre ello, hasta construir toda una simbología más o menos verosímil para muchas de nuestras enfermedades contemporáneas. Han venido siendo expuestas en obras divulgativas cuyo rigor no siempre ha superado la prueba del misticismo y la imaginería romántica (desde Louise L. Hay[xv] hasta el mismo Ruediger Dahlke[xvi]). Pero, en cualquier caso, las cifras de ventas de esas obras avalan la realidad de la que venimos hablando: el paciente quiere hablar, ser escuchado y escuchar algo nuevo por disparatado que tal o cual exposición pueda parecerle a los más puristas. Frente a ello, el discurso atropellado, cargado de tecnicismos ininteligibles y emocionalmente aséptico nada puede hacer. Ese lenguaje encorsetado priva de cualquier acercamiento emocional y distendido y corta de raíz cualquier propuesta pedagógica en la consulta del alópata. El concepto de paciente (patiens, sujeto pasivo de una imposición terapéutica) entra en crisis desde el momento en que éste, llamémosle “usuario” para salir al paso, pide un protagonismo que se le ha venido negando desde cierta imposición de poder y exclusividad sobre el conocimiento médico. Con la esclavitud de la ignorancia del enfermo aparentemente superada, las relaciones médico-usuario cambian, se transforman, en una revolución para la que ya no parece haber freno.

 

Es divertido, en este apartado del diálogo y la terapia físico-emocional conjunta entre médico y paciente, leer en Las Leyes de Platón (857 C-D) la distinción que introduce entre los médicos de esclavos y los médicos de los hombres libres. Los médicos de esclavos (como el médico hindú del film Ayurveda[xvii]) van rápidamente de un paciente a otro y dan órdenes, sin razonar, sobre lo que éste debe hacer o evitar para sanar. La escena no es un déjà vu. Es una dinámica familiar en nuestra organización médica subvencionada por el Estado, la Seguridad (¿?) Social, en la que, como en la dialéctica hegeliana, se genera un esquema de esclavitud recíproca entre médico industrial y paciente en tres tensos minutos en los que se explican síntomas de manera más o menos inteligible, se explora superficialmente en el mejor de los casos, se diagnostica o se intuye una etiología y se aplica una terapia sintomática que, cuando fracasa, genera una nueva visita que, ante el colapso del CAP de turno, suele acabar con una derivación a especialista que a su vez... Médico y paciente acaban de este modo esclavizados por un sistema irracional de mínimos recursos en los que dignidad de médico, paciente, profesión y disciplina quedan definitivamente en entredicho.

 

 

Y me serviré, según mi capacidad y mi criterio, del régimen que tienda al beneficio de los enfermos, pero me abstendré de cuanto lleve consigo perjuicio o afán de dañar.

 

Fragmento del Juramento Hipocrático

 

 

 

“Lo que haces, necio, no es curar a tu paciente”

 

Enfermedades iatrogénicas por error de diagnóstico o terapia inadecuada; muertes por negligencia y pleitos por daños y prejuicios; huelgas y denuncias de los profesionales médicos para recuperar esa dignidad; un sistema irracional de urgencias que acaban deteriorando el objetivo específico de la urgencia y exige la necesidad de introducir, como variante de gravedad extrema, el de “emergencia”; listas de espera; colapso en las antesalas de las consultas e intercambio de bacterias entre usuarios apiñados ante una mesa con un cartel que reza “Información” sobre un ordenador que se acaba de bloquear; burocratización masiva y la eterna pugna de los justos con los pecadores. Nada muy distinto de aquella imagen de los médicos de los esclavos narrado por el Platón de Leyes. No hay que ser catastrofista ni alarmista. Quizá sólo se trata de buscar soluciones distintas a la de una subida de impuestos en 2,4 cénts. de Euro sobre un carburante con una dinámica alcista en tiempos de crisis y subidas de intereses, con el consiguiente aumento de la morosidad y, por ende, mucho más gasto sanitario por psicopatías de toda índole

 

¿Cuál es la otra cara de la moneda? Ansiamos saber cómo era el médico de los hombres libres y, si todo ello nos convence, ver cuál es su correlato contemporáneo como atisbo de esperanza para la Medicina como disciplina presente y futura. El médico de los hombres libres aprovechaba las terapias para iniciar al profano en conceptos básicos de salud sobre los que se construía un viaje cultural a dos voces. Era una forma personalizada –vivimos en la era de lo personalizado, según se esfuerza en recordar el marketing de todo tipo de productos, entre los que se encuentra la Medicina Privada- de las conferencias científicas (tou philosophein engys o, en otros lugares, epidexeis, o, sencillamente, discursos o lógoi) en las que los médicos explicaban las causas naturales de la enfermedad según la naturaleza del cuerpo. Cuenta Platón que si un médico de esclavos oyese un diálogo[xviii] entre un hombre libre y un médico de hombres libres, exclamaría lo siguiente:

 

Lo que haces, necio, no es curar a tu paciente, sino enseñarle como si tu misión no fuese devolverle la salud, sino convertirle en médico.

 

No encontramos, salvo raras excepciones, ese tipo de médico en la Medicina Pública, pero tampoco en la Privada. El paciente sigue siendo, aquí también y a pesar de su aportación económica “extra” para descongestionar el sistema sanitario público, un idiotés. Será probablemente porque la Medicina Privada no ha sabido tampoco evitar convertirse en otra forma de masificación, selectiva y clasista si se quiere, pero con sus tiempos de espera inacabables, sus errores y sus intolerables silencios (esas instrucciones sin hablar, sin diálogo, de las que habla Platón cuando se refiere a las rutinas de los médicos de esclavos –aneu logou, sin palabras-). Sí, sin palabras, no comments. Quizá por ello los grandes empresarios de la Medicina Privada han encontrado en la incorporación de terapias “alternativas” y de una disciplina siempre sospechosa de poco científica como la Psicología un filón para captar nuevos clientes. Sin embargo, de ahí a una interacción médico/paciente, la formación permanente en salud y las conferencias personalizadas media un buen trecho. Y el paciente acaba por exigir tiempo para ser escuchado y tiempo para ser informado. Nada más… o todo eso.

 

Volvamos a Grecia. Después de la Guerra del Peloponeso, una epidemia de peste acaba con millares de ciudadanos. El gran público se vuelca en la lectura de tratados médicos ya convertidos en literatura profesional. Es un fenómeno editorial en toda regla que, si ocurriera hoy, tendría tintes poco distintos pero circularía con macrocifras y a velocidad vertiginosa. No debe sorprendernos que el número 1 de la lista de los Top Ten en el apartado de libros de No Ficción lo ocupe esta misma semana la obra de Eduardo Punset El alma está en el cerebro[xix]. La novedad, por tanto, no es cualitativa, sino cuantitativa. Estriba en el universo de receptores potenciales de cualquier nueva propuesta y en el servicio que las modernas tecnologías de la comunicación (desde la imprenta a Internet, pasando por la televisión y el cine) han prestado a esa expansión de los saberes de cualquier cuño. Por ello, por esos nuevos circuitos de información rápida, se crean y se destruyen nuevos iconos, nuevas modas y se emiten juicios sumarísimos sobre realidades a veces poco consistentes. La imagen del médico y la crisis de la Medicina convencional han sufrido en sus propias carnes esa reconversión de la opinión en certeza absoluta merced a los instrumentos de poder que han propiciado los medios de comunicación y los canales de información. La psicología de los personajes de las teleseries hospitalarias y médicas ha construido una nueva realidad de la profesión médica. Médicos humanos, demasiado humanos, que se equivocan y que son cuestionados no sólo por colegas, sino por el nuevo perfil de usuario más o menos informado del que venimos hablando, con una capacidad de elección que pone entre las cuerdas cualquier diagnóstico y terapia. Frente a ello, la vieja utopía resucita y nos explica todo aquello con lo que los médicos del cine van a tener lidiar:

 

En todos ellos (cita gran número de filmes y directores) vamos a ver narraciones donde valores, deberes, razones y sentimientos entran en conflicto y donde médicos en ejercicio para su toma de decisiones se apropiarán de esas máximas canónicas que ya el informe Belmont establecía: Respeto por las personas, Beneficencia y Justicia. “El respecto por las personas incorpora al menos dos convicciones éticas: primera, que los individuos deberían ser tratados como entes autónomos, y segunda, que las personas cuya autonomía está disminuida deben ser objeto de protección”.[xx]

 

Quizá entonces, necios, lo que nos corresponde es llegar hasta el final de las causas de la enfermedad y entrar en esa provincia nueva que limita con la ética, la inteligencia emocional, la Medicina y las razones del otro. Y esa es toda una revolución, no nueva pero quizá renovada en la abundancia de medios de que disponemos. Hay una Weltanschauung, una imagen del mundo, esperando a ser descrita en sus nuevas condiciones de posibilidad.

 

¿Hay algún médico aquí?

 

La prueba estaría quizá en la proliferación, desde diversas parcelas del saber (del cine a la filosofía[xxi]), de invitaciones a un cambio en las relaciones de poder con ese saber específico que es la Medicina. Hoy al parecer ya todos somos, de alguna manera o desde algún saber legitimado a hablar sobre salud, médicos. Queremos saber para poder decidir, lo cual no es asunto baladí cuando de ello pretendemos el salto hacia la apologética de una automedicación delegada que nos tienta a convertirnos o en consejeros en salud o en víctimas de algún iluminado. Se fomenta hoy, desde cierto ambiente de desconcierto en la presunta armonía cósmica y un inaceptable vacío legal, la inspiración de muchas vocaciones tardías de médicos frustrados que acaban recetando remedios infalibles en las furtivas trastiendas de muchos comercios de dietética, o aplicando masajes “terapéuticos” en la peluquería, en casa o en una cabina de Salón de Belleza.

 

En la moderna, racional, europeísta Catalunya, el irracionalismo crece como la espuma y se expande por ciudades, barrios y calles. En cualquier parte hay una tienda, un piso, un despacho con una camilla en la que uno puede confesar sus angustias –y casi siempre la soledad- a personas siempre prestas a ofrecerles soluciones mágicas. Unas veces son barritas de sándalo, otras tratados ufológicos, en ocasiones cromoterapia, Flores de Bach, regresiones hipnóticas o grabaciones de cantos de ballenas. Para alcanzar el equilibrio, la relajación, el sentido, vale casi todo, siempre que se exprese adornado con un halo místico, espiritual[xxii].

 

Al margen de las evidencias de ideologización del artículo del que extraemos la referencia, creemos honestamente que la realidad de la práctica médica para con el otro es, o debería ser, bien distinta, y que el panorama que se dibuja en esta caricatura de las terapias alternativas no dista demasiado de la realidad. Proponemos como experiencia preguntar a algunos de estos terapeutas si un dolor que nace en la apófisis coracoides puede irradiar hacia la cintura escapular o puede afectar al músculo pronador del brazo y qué maniobras prescribiría para este síntoma. “¿Cora… qué?”, responderán algunos[xxiii]. Insistimos; hoy todos somos médicos y todos hablamos de Medicina y recomendamos, casi siempre sin pelos en la lengua, o “la mejor terapia” o a “los mejores terapeutas” cuando alguien nos refiere un determinado estado de salud o dolencia. Entendemos que cualquier acumulación de saber sobre Medicina no orientado al compromiso de la práctica terapéutica no hace daño, pero no es sino mera yuxtaposición de conocimientos sesgados a añadir a cierta pretensión de erudición[xxiv]. Ahora bien, y en el otro extremo, algo bien distinto es pasar de ese arsenal más o menos caótico de conocimientos médicos a prescribir pautas terapéuticas, y mucho menos cobrar por ello sin una práctica y cierto criterio y supervisión que avalen dichas prescripciones. Hay mucho de irracional, es cierto, y de irresponsabilidad en todo ello. Hay una urgente exigencia de llamada al orden en medio de todo este embrollo de automedicación delegada que venimos refiriendo como el extremo opuesto al dogmatismo integrista y no integrador de la Medicina alopática.

 

Un decreto rechazado por todos, el 31/2007, parece advenir para cumplir esa misión en un paisaje poblado de gentes en pie de guerra donde ni los buenos son tan buenos ni los malos tan malos, o donde quizá no hay buenos ni malos. Los maniqueísmos bicoloreados, nos cuenta la Historia, nunca alcanzaron la gloria del entendimiento ni el agradecimiento de los que al final sufrieron sus consecuencias. Los usuarios son la carne de cañón de esta polémica y los que acabarán decidiendo qué tonalidad aplica la Historia a ese paisaje de beligerancias absurdas. Entre tanto, el debate está servido. ¿Quedará impune el artículo de Madueño y su ridiculización de las terapias alternativas? No. Afortunadamente, en este país contamos con algo parecido a la libertad de prensa, y el desquite tarda sólo seis días en llegar, esta vez de la mano de Berta Cabré i Cercós en “Cartas de los lectores”, quien escribe (traduzco del catalán):

 

Querría hacer algunas consideraciones sobre el artículo de Eugenio Madueño “Terapias y Terapeutas” (13/II/2007). Es del todo inadmisible que trate al colectivo de los terapeutas como si fuesen un peligro social. Lejos de representar una riqueza social y cultural, devienen en manos del periodista y de su entrevistada, Isabel Giralt, un grupo de “descerebrados”.

 

Mezclar el sándalo, la ufología y los cantos de ballenas demuestra ignorancia. El periodista menciona un artículo de Ferrán Sáez donde parece que descalifica el sistema sanitario francés. Sáez tiene razón cuando dice que estos métodos tan anticientíficos (como si el cientificismo fuese el único paradigma posible) han sido agregados a la sanidad pública en Francia. Pero ¿saben quién los practica? Pues los médicos.

 

Resulta curioso y sospechoso que estos médicos, ejemplos de profunda racionalidad y cientificismo, se apoderen de terapias tan irracionales y científicas, como dice Sáez[xxv]

 

Dos simples comentarios: es evidente que estamos en un cambio de paradigma en el que lo científico ya no es garantía de popularidad y, por otra parte, el día que España se acerque mínimamente al sistema de garantías sociales francés se habrá dado en este país un paso importante hacia ese tan ansiado y eternamente prometido Estado del Bienestar que para muchos no es más que utopía. Sin embargo, la realidad de un mercado de trastienda y de las ferias en las que ocultismo, esoterismo, chamanismo, orientalismo y merchandising religioso (desde los CDs con Cantos Budistas hasta las figuritas del Buda, auténtico pesebre en su variedad de iconos disponible en el mercado) se presentan cogidos de la mano deja en entredicho la seriedad de muchos planteamientos de eficacia demostrada.

 

Sanaciones Furtivas y herejías varias

 

Hoy, el Eutidemo de Jenofonte (vd. nota 24 en esta la página anterior) habría recomendado una hierba o un medicamento concreto a alguien que quizá habría sanado por pura evolución natural de la enfermedad (merced a la vis naturae medicatrix, diría Hipócrates). Eutidemo habría repetido con éxito algún experimento más de esta índole y habría recibido alguna oferta para trabajar como naturópata en una boutique parasanitaria, en la que habría recibido varios centenares de pacientes que habrían comprado los productos de esa boutique en cuestión y, en el mejor de los casos, con los beneficios obtenidos habría indagado sobre otras disciplinas de moda para aplicarlas sin ningún conocimiento médico. Ante algún interrogatorio capcioso, habría inventado una biografía preñada de nombres desconocidos por sus lares (pero altamente reconocidos en algún país recóndito, aclararía) que le habrían transmitido, sin dejar pruebas de todo ello, saberes milenarios donde se hallaría el milagro de la curación. Hay multitud de Eutidemos. Un nuevo experimento: Inserte en el periódico o en una revista clásica de terapias naturales un anuncio en el que se informe que usted busca terapeuta para tratar una enfermedad poco común (digamos una Espondilitis Anquilosante) a cambio de una generosa recompensa económica. Le aseguramos que en menos de quince días habrá recibido más de cien propuestas de terapia y, entre ellas, una decena con garantías de curación. Se sorprenderá de la rapidez de esta red y de la ubicación geográfica de esos terapeutas (alguno le escribirá desde… ¡Perú!).

 

El negocio de la sanación mueve cifras astronómicas, de modo que es lógico que éste se haya acabado convirtiendo en un modo de vida y en una fórmula fácil de obtención de remuneración y de una pequeña parcela de poder que por fuerza tenía que provocar reacciones de aquellos que hasta el momento ostentaban la exclusividad en esas provincias de la salud y el dolor ajeno. Todo el debate acerca de la necesidad de un Decreto Regulador de las Terapias Alternativas apunta al menos a tres objetivos claros:

 

1)       Oficializar una realidad patente en nuestra sociedad, la de la existencia de terapias alternativas, o servicios paramédicos, terapias complementarias, Medicina no convencional o como se le quiera llamar a esa migración de pacientes hacia otras formas de velar por su salud. “Si no puedes con ellos… consigamos la satisfacción de las necesidades de salud y confort de la población” (declara el Departamento de Salud de la Generalitat)

2)       Minimizar el impacto de la denuncia de intrusismo profesional lanzada desde los sectores más beligerantes del negocio de la salud: médicos alópatas, fisioterapeutas… ¡y filósofos que han entrado una vez más al tajo de un debate ajeno a sus clásicas atribuciones[xxvi]! No olvidemos, además, hacer una mención especial a algún que otro converso como Isabel Giralt[xxvii]

3)       Introducir un mínimo de orden en un sector caótico en los que conviven el masajista de toda la vida, el naturópata, la espiritista, la tarotista, el chamán, el curandero, la comunidad teosófica, las filosofías antroposóficas, la acupuntura, el Reiki, la kinesiología, la reflexología y un sinfín de disciplinas (¿?) con el apellido “Holístico” como arma comercial

 

La reacción desde la Medicina Oficial queda latente en la presentación del libro de Álvarez Cáceres, quien arranca su introducción disparando a matar desde (paradojas de la vida) su casa en Benalmádena (Málaga), bautizada con el nombre de “Villa… Libertad!”. Así, escribe[xxviii]:

 

Curar o al menos mejorar las dolencias que afligen a los enfermos es una actividad admirada en todas las sociedades antiguas y modernas. Los practicantes de actividades terapéuticas suelen tener una gran consideración social; hay muchas profesiones que se dedican a ello: médicos, farmacéuticos, enfermeros, fisioterapeutas, psicólogos y, dentro de la terapéutica a animales, los veterinarios. También hay muchas personas que mediante técnicas terapéuticas no reconocidas por la Medicina científica, dicen ser capaces de curar enfermedades: curanderos, magos e incluso médicos que practican la homeopatía, la acupuntura o las Medicinas orientales. Es posible encontrar partidarios de todas ellas, tanto profesionales que dicen haber sido curados por técnicas terapéuticas científicas y no científicas. ¿Cómo es esto posible? Hay muchos factores que pueden influir en la evolución de las enfermedades, de ello se valen la multitud de charlatanes, con títulos académicos y sin ellos, que saben que sus métodos no tienen ninguna utilidad, para aprovecharse del dolor y el sufrimiento de los demás.

 

En el otro extremo, el del dogma oficial de la Santa Medicina, cabe recordar que no es oro todo lo que reluce en alopatía. La falta de transparencia en ciertos ensayos presentados como clínicos, con resultados bendecidos como definitivos, y que posteriormente han sido refutados por lamentables epidemias iatrogénicas, por fuerza tiene que haber contribuido al desgaste del prestigio del profesional médico. Pero caber recordar, por otra parte, que la práctica terapéutica no apoyada en la mayoría de esos conocimientos favorece la proliferación de cierta forma de charlatanería, muy de moda en nuestros tiempos, que se refugia bajo ese anárquico concepto “paraguas” de las “Terapias Alternativas”, cuya eficacia siempre permanece bajo sospecha por parte de distintas formas de un integrismo científico hoy en crisis. El médico que no escucha es insensible. El “terapeuta” que escucha pero no tiene un conocimiento mínimo para prescribir una terapia es irresponsable. Existe un vacío, si queremos, interpersonal: el de una profesión médica oficialista empobrecida y limitada a la eliminación de síntomas. Y en ese vacío de sensibilidad, signo de poca inteligencia emocional o síndrome del cliente garantizado en la sanidad pública, puede aflorar cualquier propuesta aparentemente terapéutica. La Medicina científica fulminó primero el espíritu, ignoró desde casi siempre las emociones y pronto acabará con la mente por falta de tiempo y/o por ese mismo concepto industrial de liquidación de síntomas. Ante el propio fracaso, queda el derecho al pataleo y la denuncia de intrusismo sobre las sanaciones furtivas organizadas en forma de declaración de herejía. ¿Pondrá el Decreto paz en todo este embrollo? ¿Por qué nadie está de acuerdo con ninguna de las propuestas redactadas hasta la fecha?

 

¿Alguien me escucha?

 

Más preguntas: ¿Quién hace entonces este trabajo de formación, de integración de cuerpo y mente, de Medicina holística en suma? Pues al parecer, lo cual explicaría su éxito arrollador, este rol lo han adoptado esos “denunciables pseudo-médicos” de las Medicinas alternativas, los charlatanes y un buen número de presuntos naturópatas sin estudios de ninguna índole, quienes han hallado en una figura antigua (la del tipo “hombre presuntamente culto en Medicina”, nacido en la Atenas clásica) una fórmula para obtener beneficios cubriendo un vacío de labor social y aprovechando otro vacío, éste de carácter legal y pendiente de ese decreto que no acaba de cuajar. El avance de las terapias alternativas en nuestro referente y barómetro cultural occidental, en los Estados Unidos, es un signo de que la Medicina Alópata y Científica ha perdido un territorio ya irrecuperable. Un 52% de los pacientes Norteamericanos (donde no existe una Seguridad Social ni una Medicina Pública semejante a la de nuestro sistema sanitario) decidían, en 2001, ser atendidos por terapeutas alternativos. Si nos preguntamos dónde está el secreto de este éxito nos encontramos con causas variadas pero que se concentran en tres grandes bloques:

 

1)       Una nueva sensibilidad integradora ante la salud (lo natural, el turismo sano, lo biológico, el cuerpo como cebo para una nueva interseducción social, la esperanza de vida, la nueva literatura médica de apariencia científica…)

2)       La mediatización de los grandes fracasos de la Medicina alopática

3)       La gestión del tiempo (huidas de los colapsos y tiempo para el diálogo)

 

Esa misma crisis de lo moderno es la que permite el resurgimiento de antiguas disciplinas que quedaron en desuso, algunas de ellas milenarias y muchas de ellas superadas, a medida que la Ciencia estableció, a modo de religión, sus dogmas, jerarquías, liturgias e inquisiciones, con sus bulas papales, sus luchas de poder, la concesión de territorios para uso y disfrute de la industria farmacéutica[xxix], el paraíso económico de las homologaciones y las marcas registradas y la Medicina privada al alcance de las clases dominantes, sin olvidar el filón de oro de las campañas de vacunación[xxx]. En ese panorama desolador de falta de fe en lo que se presentó como irrefutable, con denominación de origen científico, no es de extrañar que los usuarios apostaran -y apuesten cada vez más a juzgar por las estadísticas de consumo- por fórmulas alternativas para el mantenimiento de la salud en las que, cierto es, podrían ocultarse las mismas estrategias de instrumentalización informativa a través de la comercialización de fórmulas inocuas (en el mejor de los casos) y muchas dosis de efectos placebo. Sin embargo, la simple posibilidad de ser escuchado y de evitar los nefastos efectos secundarios de algunos productos farmacéuticos hacen de ésta una apuesta cada vez más razonable, al igual que el pago de un plus por las garantías de productos no tratados con pesticidas o ganado no alimentado con proteína animal y hormonas. Pero tampoco será oro todo lo que aquí saldrá a relucir.

 

¿Qué hacer entonces en un país de Quijotes?

 

Vivimos en un país de Quijotes. Ante cualquier amenaza, se dispara a ráfaga contra todo aquello que es sospechoso de invasivo e intrusista. Se prefiere un universo fantasmagórico de charlatanería, con la esperanza de la autodesacreditación, a una criba selectiva que acredite una diversidad justificable. Al final, el decreto no parece buscar otra cosa distinta a eso: dar licencia terapéutica a aquellos que, desde la diferencia, disponen de formación y métodos más o menos contrastados de aproximación a la salud. Pero eso requiere, desde la oposición alopática, un conocimiento profundo de lo que las terapias alternativas proponen, y ese acercamiento es un sacrificio que pocos médicos, con su titulación oficial universitaria colgando de las paredes de sus feudos, parecen dispuestos a iniciar. Franceses y alemanes nos llevan varias décadas de ventaja en actitudes conciliadoras, aperturistas, sinérgicas y autocríticas. ¿Cuántos médicos conocen la importancia de la alimentación en el proceso terapéutico? ¿Se han interesado en el papel de la dieta en los procesos curativos o, simplemente, en incorporar a su glosario algo tan poco sospechoso de palabrería como los eicosanoides? Quizá habría que recordarles que hace veinticinco años los análisis de Bergstrom, Samuelsson y Vane[xxxi] sobre las funciones de los esas hormonas, fundamentales para la conservación de la salud, fueron merecedores del Premio Nóbel de Fisiología y Medicina. Para oír hablar del papel de la dieta y de los eicosanoides para conseguir cambios en nuestra salud tenemos hoy que recurrir a buenos dietistas, naturistas, trofólogos y nutricionistas que suelen hallarse en los extramuros de la alopatía.

 

¿Por qué entonces el integrismo alópata prefiere mantener el actual estado de cosas? ¿Es preferible fomentar el instrusismo furtivo a dar carta de libertad para la práctica de las terapias alternativas a aquéllos que demuestren unos mínimos de aptitudes, conocimientos y habilidades terapéuticas? Perdida la batalla de la anhelada autodesacreditación de esa ridiculizada “comparsa de charlatanes”, sólo queda la opción de aceptar que la realidad, y quizá el paradigma completo de nuestro tiempo, ha cambiado. En el otro extremo, los terapeutas alternativos se niegan a aceptar la restrictiva propuesta de decreto por no estar a la altura de sus expectativas de reconocimiento. ¿Se prefiere también fomentar otro modo de intrusismo, el de los cursos de fin de semana y la trastienda? Al final, todos estos caballeros de un Grial que no se acaba de encontrar siguen con sus incursiones contra los molinos de viento de la falta de juicio. Detrás de todo hay mucha política, y justamente un reciente ejemplo histórico en nuestra política catalana nos invita a la reflexión. En el debate irresoluble entre autonomistas y nacionalistas, el pueblo acabó apostando por la necesidad de sacrificar los extremos en pos de unos mínimos de real-ización de algo que, mejor que quedar en mera virtualidad por exceso de perfección, era preferible transformar en propuesta provisionalmente definitiva. Otro ejemplo político, el de la malograda Constitución Europea, nos habla de lo que ocurre cuando se prioriza el personalismo y la inflexibilidad. Eso se llama morirse de perfeccionismo.

 

Quizá corren, como decíamos al principio, tiempos extraños. Quizá lo que toca ahora, como en las malas políticas de inmigración, es recoger sin rechistar la carta de ciudadano de derecho que un Decreto imperfecto entrega a los terapeutas y, con el pájaro en mano, iniciar entonces las necesarias sucesivas luchas por ampliar los derechos recién adquiridos. Optar por la confrontación mientras no se ha obtenido un reconocimiento de hecho y de derecho es, considero, un error histórico para la práctica de las terapias alternativas en Catalunya. Hoy la realidad propuesta se llama Decreto 31/2007. Es imperfecta, como toda propuesta inicial, pero es ese fundamental primer paso de todo cambio, el que incluye en estado latente todas las condiciones de posibilidad de una transformación. La postura de los alópatas más radicales, los que niegan esa carta de ciudadanía a los terapeutas alternativos, invita a un último experimento: Inserten ustedes, señores fisioterapeutas, una vez rechazado el decreto, un anuncio en un periódico de gran tirada en el que ofrezcan sus servicios de masajes. Anoten cuántas de las llamadas recibidas solicitan un servicio de masaje “con final feliz” (eufemismo en el que lo que se pide, sin más, es una relación sexual encubierta en práctica terapéutica). Y respondan, por último, a lo siguiente: ¿Se está pidiendo, explícitamente, tratar con la misma consideración al quiromasaje serio, con dos años de estudios en la escuela de uno de los padres del masaje a nivel mundial, y al comercio sexual? ¿Por qué la mayoría de escuelas de Fisioterapia dedican al masaje un número de horas a todas luces innecesarias? ¿Por qué no se publican los datos extraídos de la encuesta realizada por el Col.legi de Fisioterapeutas, en las que más de un 60% de los fisioterapeutas reconocían hacer uso frecuente de terapias alternativas? ¿Por qué la mayoría de fisioterapeutas reconocen no ejercer el masaje ni emplearlo como forma de terapia de relajación o de simple mantenimiento óptimo del aparato loomotor?

 

Manda la realidad del mercado y la imagen del usuario, el cual, por las razones que sea, no reconoce en el fisioterapeuta la misma función que en el quiromasajista, al igual que acude a un tipo de mecánico cuando el problema es de motor o a otro cuando de lo que se trata es de un problema de chapistería. Y lo mismo ocurre con la Medicina preventiva y la Medicina sintomatológica. Objetivos distintos exigen diversidad y trabajo sinérgico, puesta en común. Lo han hecho las religiones, con un no poco esfuerzo ecuménico. ¿No va a ser capaz de alcanzar ese mismo espíritu de conciliación algo tan esencial y racional como la exigencia de la salud del cuerpo?  Hay una realidad pendiente de ser vislumbrada en su novedad y un universo de enfermos potenciales que miran desconcertados cómo dos opciones de Medicina se desacreditan en debates estériles y en un diálogo de sordos para el que, nos guste más o menos, existe una imperfecta propuesta conciliadora llamada Decreto 31/2007. Detrás de posturas antagónicas y beligerantes, quizá es el momento de una síntesis, a la hegeliana, entre una tesis oficialista alopática y una aparente antítesis alternativa. Mientras esta situación no se resuelva, y con la incrédula mirada hipocrática de fondo, seguirán corriendo extraños tiempos –y malos, nos atreveríamos a diagnosticar- para la Medicina, esta vez como Arte humano pendiente de recuperar.

 

 

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© Jordi Clotas i Perpinyà

 

 

 

NOTAS


[i] De De Agustín Vázquez (coord.), Domingo, Diccionario de Medicina (2001, Madrid, Editorial Complutense), p. 505

[ii] Morgan Spurlock, 2004

[iii] Darren Aronofsky, 1998

[iv] George Miller, 1992

[v] Fernando Meirelles, 2005

[vi] Roger Spottiswoode, 1993

[vii] Ensayos clínicos: Diseños, análisis e interpretación (2005, Ediciones Díaz de Santos)

[viii] Incluso en su acepción más novaerense, la de los herederos de Jan Christian Smuts (1870-1950), el holismo se manifiesta a través de ciertas fases, desde la realidad material o síntesis de los cuerpos naturales, hasta los “todos ideales”, “valores absolutos” o “ideales holísticos” (Ferrater Mora, José. Diccionario de Filosofía, vol. III, p. 1678.). Por nuestra parte, echamos de menos en gran parte de esas propuestas terapéuticas amparadas en lo holístico esa remisión primigenia a elementos anclados en una realidad material.

[ix] Ferguson, Marilyn. The Acquarian Conspiracy (1980). Existe traducción castellana, editada por Editorial Kairos en 1985

[x] Holístico: Describe una forma de aproximación a un paciente en la que se tienen en cuenta factores físicos, mentales y sociales tanto como el propio diagnóstico. Este se aplica tanto para tratamientos ortodoxos como no ortodoxos. V. también Medicina alternativa. Fuente: De Agustín Vázquez (coord.), Domingo, Diccionario de Medicina (2001, Madrid, Editorial Complutense), p. 418.

[xi] Jaeger, Werner. Paideía: los ideales de la cultura griega (19622, México. Fondo de Cultura Económica), p. 783 (“La Medicina Griega considerada como Paideía)

[xii] Se refiere a la Atenas de Pericles, Ss. V y IV a. de JC),

[xiii] Alan Parker, 1994

[xiv] Dethlefsen, Thorwald /y Dahlke, Rüdiger. La enfermedad como camino (1983, 20023, Barcelona, Plaza & Janés, p. 20)

[xv] Aunque su producción gira casi siempre en torno al monotema obsesivo del inventariado de las emociones que subyacen en cada dolencia, destacamos una obra en concreto, You can Heal your Life, 1984 (edición española Usted puede sanar su vida, 1991, Barcelona) como la más destacada.

[xvi] Kranhheit als Symbol (2000, Manchen). Existe traducción en castellano, La enfermedad como símbolo (2002, Barcelona, RobinCook)

[xvii] Pan Nalin, 2001

[xviii] Es la época de los Diálogos Platónicos y la Mayéutica Socrática, un hito en la idea del conocimiento interior con no pocas dosis de filosofía oriental –la teoría de la metempsicosis o la trasmigración de las almas, cierta forma de reencarnación occidentalizada-, de interacción entre Medicina Ginecológica y Filosofía –el saber está en nuestro interior y sólo hace falta un buen partero para sacarlo- y de una versión primigenia de las terapias regresivas –tan en boga de la mano de Médicos Alópatas reconvertidos como Brian Weiss-)

[xix] Punset, Eduardo. El alma está en el cerebro. Radiografía de la máquina de pensar (Madrid, 2006, Aguilar)

[xx] Muñoz, Sagrario y Gracia, Diego. Médicos en el cine (2006, Madrid, Editorial Complutense), p. 11

[xxi] Vd. por ejemplo, de Àngela Pallarés y otros, la reciente De l’antropologia filosòfica a l’antropologia de la Salut (Barceona, 2003, Blanquerna Tecnología i Serveis)

[xxii] Eugeni Madueño en “Terapias y Terapeutas”, La Vanguardia, 13 de Febrero de 2007, Sección Vivir, p. 10

[xxiii] No es una broma. Ocurría en una sala de masaje “profesional”, con titulaciones “homologadas y oficiales” hace menos de una semana

[xxiv] Tampoco el fenómeno es nuevo. Jenofonte (Mem. IV, 2, 8-10)  se refiere al joven Eutidemo, cuando habla de la moda de la literatura médica, quien adquiere una fantástica biblioteca bien surtida de libros de Medicina.

[xxv] Berta Cabré i Cercós en “Teràpies Acientífiques”, La Vanguardia, 19 de Febrero de 2007,  p. 26

[xxvi]Véase Ferran Sáez Mateu en “Terapias y Terapeutas” (ibid), quien compara la situación con la de la República de Weimar en la Alemania previa al nazismo, para quien esa cosmovisión irracional y anticientífica puede tener efectos devastadores (…) por culpa de las sociedades occidentales tan proclives a exhibir en sus medios de comunicación a  videntes, tarotistas y sanadores que curan el cáncer y lo que convenga y que teme el momento en que esas patrañas acientíficas sean añadidas al sistema de salud como un servicio más.

[xxvii] Presidente de la sección de Médicos Acupuntores del Col.legi de Metges, acupuntora desde 1986, quien recibió la iluminación alopática en algún momento de su vida: Aprendí la técnica de una persona que no era médico y durante años pensé que era un requisito innecesario. Incluso di clases a personas que no eran sanitarias. Hasta que me di cuenta del error y del peligro para la salud que comportaba. Y dejé de hacerlo. (…) En verdad os digo que hay que atajar el discurso pseudocientífico de quienes se dedican a pontificar sobre la salud del planeta y sus habitante

[xxviii] Op cit., p. 1

[xxix] Recomendamos, sobre este tema, Lanctôt, Ghislaine: La Mafia Médicale (1994, Québec). Existe traducción al castellano: La Mafia Médica (Huesca, 2002, Ediciones Vesica Piscis)

[xxx] Y, sobre este otro tema, Marín Olmos, Juan Manuel: Vacunaciones sistemáticas en cuestión. ¿Son realmente necesarias?. (Barcelona, 2004, Icaria Editorial)

[xxxi] Sears, Barry / Lawren, Bill. The Zone. A Dietary Road Map (1995, New York). En castellano, Dieta para estar en la Zona (1996, Barcelona, Editorial Urano), p. 16

 

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